En 1578, el asesinato de un enviado de don Juan de Austria en una calle de Madrid conmocionó la corte de Felipe II. Los rumores enseguida señalaron como culpable a un ministro del rey: Antonio Pérez
Por María Fátima de la Fuente del Moral. Universidad Complutense de Madrid, Historia NG nº 111
Eran las nueve de la noche del lunes de Pascua de 1578. Un hombre volvía a casa a caballo, por las calles de Madrid. Tal vez fuese repasando mentalmente los importantes asuntos de Estado que tenía entre manos. Aunque él aún no lo sabía, lo cierto es que ya no le quedaba mucho tiempo para vivir preocupado por tales cuestiones. Y es que aquel 31 de marzo, nuestro protagonista se topó con quienes iban a quitarle la vida. De repente, en la hoy conocida como calle de la Almudena, cinco asesinos a sueldo cayeron sobre él; uno de ellos lo atravesó de parte a parte con su espada, derribándolo de la montura y causándole la muerte casi en el acto. Los asesinos se enfrentaron con algunos vecinos y los criados de la víctima; en la refriega perdieron algunas armas y sus capas, pero pudieron huir.
Madrid, en el siglo XVI, era una ciudad peligrosa. Y no era raro que se perpetrasen crímenes de estas características en sus oscuras y estrechas calles. Pero este asesinato no era como los demás. De entrada, los criminales no se llevaron las joyas que el difunto seguía luciendo cuando ya se encontraba tendido en el suelo: una cadena de oro que le rodeaba el cuello y anillos engarzados con diamantes, que también adornaban sus puños. La víctima, además, no era un cualquiera; se trataba de don Juan de Escobedo, secretario y hombre de la máxima confianza de don Juan de Austria, hermano bastardo de Felipe II y por aquel entonces gobernador de Flandes.
Los rumores se extendieron rápidamente. Los embajadores extranjeros informaban en su correspondencia de que algunos decían que el atentado era «por cosas de damas»; la mayoría, sin embargo, creía que había razones más poderosas. El secretario de un gran noble escribía en una carta: «En este negocio hay muchas causas y cosas […] si se considera el lugar que Escobedo tenía con el rey, y los negocios que por su mano se trataban, y las personas con quien los trataba y que le han muerto a los ojos de su amo, necesariamente confesará también que es obra de más que hombre ordinario, y ejecutada por manos y ánimos que deben tener tan osada determinación». Esteban de Ibarra, el secretario en cuestión, apuntaba en estas frases como culpable al hombre sobre el que recaerían todas las sospechas: Antonio Pérez, secretario de Felipe II para los asuntos de Italia.
El secretario del rey
En 1578, Antonio Pérez era un hombre de 38 años, elegante,amante de la vida lujosa, aficionado a la pintura y la literatura,y también enormemente ambicioso. Su ascenso en el gobierno deFelipe II le vino facilitado por su padre, Gonzalo Pérez, antiguosecretario de Carlos V. Su agudeza, desenvoltura, inteligencia einstinto político sedujeron al monarca, que le concedió importantesresponsabilidades. Pero la política no le bastaba, y Antonio Pérezaprovechó su posición para traficar al más alto nivel coninfluencias y cargos, obteniendo de ello grandes beneficioseconómicos. Los embajadores extranjeros lo visitaban en su mansiónen las afueras de Madrid y le traían regalos de sus príncipes paraganarse su favor. Se sabe, por ejemplo, que en una ocasión elembajador del duque de Toscana llegó con «dos mil escudos en dosbolsas, embaladas en mis calzones».
La llegada de Juan de Escobedo a Madrid en el otoño de 1577,enviado desde Flandes por su amo don Juan de Austria, fue vista porPérez como una amenaza directa a su posición. Se ha especuladomucho sobre lo que temía Pérez: quizá que Escobedo denunciara alrey sus tráficos, o bien, según una tesis más novelesca, quedescubriera la relación amorosa entre Pérez y la princesa de Éboli,la gran aristócrata que se había convertido en aliada delsecretario.
El avispero de Flandes
El conflicto entre Escobedo y Pérez tenía, en realidad, razonespolíticas ligadas a la compleja situación de la guerra de Flandes.Pérez había recomendado en su día a Escobedo para que trabajase condon Juan de Austria; siempre ladino, pretendía contar con un espíapara mantener vigilado al imprevisible don Juan. Pero la jugada lesalió mal, y Escobedo y su señor se hicieron amigos íntimos.Escobedo pasó a defender los planes más atrevidos de don Juan enFlandes, en particular el de llegar a un acuerdo de paz con losrebeldes y a continuación emplear los tercios españoles en unainvasión de Inglaterra; un proyecto que Felipe II juzgaba temerarioy al que se oponía igualmente Antonio Pérez.
Este último tenía un motivo particular para temer a don Juan y aEscobedo: ambos sabían que el secretario mantenía negociacionessecretas en torno a la guerra de Flandes, a espaldas del rey. Eraun caso que podía costarle el puesto, y quizás algo más. Pérezdecidió contraatacar y se propuso convencer al monarca de que suhermano tenía intenciones subversivas. Con astucia, transmitió aFelipe II que la pretensión de don Juan era, en realidad, lacreación de un Estado independiente, con el fin último de ocupar eltrono de España. Tras conquistar Inglaterra –decía Pérez–, don Juan«vendría a ganar a España y a echar a Su Majestad de ella». El rey,que era receloso por naturaleza, sabía de la sagacidad y del don degentes de su hermano, que contrastaban con su taciturnidad y gustopor el aislamiento, y tal vez sintió miedo ante el escenario que susecretario le retrataba.
Cuando Escobedo llegó a la corte, Pérez lo pintó ante el reycomo instigador de las peligrosas maniobras políticas de don Juan.Felipe II estaba dispuesto a detenerlo, pero Pérez le convenció deque eso no era suficiente. Le aseguraba que «si éste [Escobedo]volvía [a Flandes], revolvería el mundo; si se prendía, sealteraría don Juan, y que lo mejor era tomar otro expediente, darleun bocado o cosa tal». Con un «bocado» se refería a envenenarlo. Elrey y su ministro discutieron largamente el asunto, hasta que elmonarca dio su consentimiento al asesinato. Pese a que algunoshistoriadores lo han desmentido, lo cierto es que años después elpropio rey reconoció estar al corriente del plan y haberloautorizado. En un mensaje que dirigió a los jueces durante elposterior proceso de su secretario afirmaba que Pérez «sabe muybien la noticia que yo tengo de haber él hecho matar a Escobedo, ylas causas que me dijo que había para ello». De ese modo, trasalgunos intentos fallidos de envenenamiento, en la noche del 31 demarzo de 1578 don Juan de Escobedo fue asesinado en Madrid porcriminales a sueldo.
La detención de Pérez
Antonio Pérez parecía haber ganado la partida. Durante los mesessiguientes gozó de la protección de Felipe II, que rechazó todaslas acusaciones en su contra, como decía un embajador: «Habiendo suMajestad aclarado que [Pérez] no ha matado a Escobedo, y que deesta calumnia está casi libre». Poco después murió en Flandes donJuan de Austria, liberando a Felipe de preocupaciones por ese lado.Pero los enemigos de Pérez no se dieron por vencidos, especialmenteel secretario real, Mateo Vázquez. Al mismo tiempo, el rey sesentía cada vez más molesto con la princesa de Éboli, gran aliadade Pérez y que al parecer aspiraba a casar a uno de sus hijos conel heredero de la Corona de Portugal; «no he querido leer losbilletes de la señora, porque basta lo que me ofende con sus obras,sin que vea también lo que me ofenda con las palabras», dijo el reyen una ocasión.
Finalmente, Felipe llegó a la conclusión de que Pérez lo habíaengañado, que le había hecho creer falsamente en la traición de donJuan para autorizar el asesinato de Escobedo. De este modo, lanoche del 28 de julio de 1579, Felipe envió al alcalde de corte deMadrid y veinte alguaciles a casa de Antonio Pérez. Éste, que esamisma mañana había despachado con el soberano, estaba desprevenido.Al oír llamar a la puerta se levantó de la cama; cuando el alcaldele dijo de parte del rey que estaba preso, «tambaleó y no teníafuerzas para vestirse», dice un informe de la época, hasta el puntode que los criados tuvieron que vestirlo a la fuerza. Poco después,la princesa de Éboli fue detenida en su residencia. Felipe creíaque así terminaba con el escándalo que agitaba la corte desde hacíamás de un año; pero Antonio Pérez se encargaría de mantenerlo vivodurante largos años.